La enfermedad en nuestra vida o la de un ser querido

2 de diciembre de 2021

Esa «mala noticia» del diagnóstico

¿Qué hacer ante la presencia de una enfermedad en nuestra vida o en la vida de un ser querido?  En varias presentaciones iremos dando respuesta a esta frecuente  inquietud, desde una visión francamente esperanzadora. Comencemos por lo que pudiera ser el principio: el momento del diagnóstico. Aunque luego retomaremos el «antes», pues suele tratarse de un largo recorrido por exámenes y visitas a numerosos centros de salud, y tormentosas interrogantes.

Por lo pronto nos preguntamos: ¿es el diagnóstico de una enfermedad o condición, necesariamente una «mala noticia»? ¿es un momento irremediablemente «fatídico»?

El momento del diagnóstico es ese momento preciso en que se le dice a alguien el nombre, y posiblemente ciertas características, de una enfermedad o condición particular, que está presentando la persona en sí o alguno de sus familiares.  Es el acto de comunicarle una serie de palabras alusivas a la aparición de tal enfermedad, en su vida, o en la de algún ser allegado y significativo para ella,  y que pronunciadas por un médico o por otro especialista  del  área de la salud, pudieran literalmente hacer explosión en la cabeza de quien está del otro lado escuchándolas, probablemente para ensordecerlo, paralizarlo, despertarle o avivarle miedos, desestructurarlo y sacarlo de una guarida donde antes vivía relativamente cómodo y seguro. A partir de ese momento, algunas de las creencias de la persona que ha recibido el diagnóstico, es decir esos pensamientos con carácter de certeza que pululan en la mente, pudiesen desaparecer o cuando menos transformarse.

Así de intenso o quizá más, pudiera ser el momento que se vive cuando se escucha el diagnóstico de una enfermedad o condición, nuestra o de algún ser querido. Podría tratarse de una circunstancia francamente dura en la vida de alguien. De esos instantes que generan sentimientos y emociones profundamente dolorosas, que amenazan nuestra integridad y nuestra capacidad para entender lo que nos está ocurriendo. La mente puede nublarse y perder toda lucidez, dificultando el acto de vislumbrar respuestas o soluciones. Parafraseando a la Dra. María Laura Nasi (*), Médico Oncólogo Integrativo, un diagnóstico pudiese ser experimentado como si fuese un tsunami. La aparición de un oleaje muy intenso que revuelca a la persona, la estremece y se lleva consigo los sitios en los que ella conseguía arraigo; aquellos donde había construido una identidad, perdiendo así todo marco de referencia y ubicación.

Quizá inundada por la incertidumbre y por una atmósfera de total apremio, la persona quiere a como dé lugar salir de esa tenebrosa situación. A veces ante tanta información posiblemente tan compleja para ella, se pregunta qué le estarán diciendo o intentando decir; cuáles sugerencias médicas o de otro tipo seguir; qué hacer en relación con el tratamiento y qué otro tipo de medidas tomar. La persona pudiese entonces desesperarse y dejarse tomar por el pánico, y por otros sentimientos y emociones como la rabia, la tristeza o la desesperanza, las cuales pudieran apropiarse de todo su ser, de todos los ámbitos de su vida,  de su cuerpo y también de su mundo espiritual, mental, existencial y relacional.

El diagnóstico además suele impactar de esa forma no sólo a quien lo recibe, sino también a sus amigos, compañeros, al equipo de salud que lo asiste,  y muy en particular a la familia. En el seno de ésta pudiesen también atropellarse las dudas, el miedo, la tristeza, la culpa, la incertidumbre, la desesperanza, y tantos otros sentimientos y emociones, que poco espacio logran dejar a la sensatez y a un pensar sosegado, optimista y esperanzador. La llegada de una enfermedad o condición suele implicar cambios importantes y repentinos cuando menos en los hábitos (de alimentación, de ejercicios, y otras rutinas), que se han llevado en casa, así como conducir a la familia al  manejo de nuevos requerimientos y necesidades de variada índole, que  puede traer consigo la nueva situación.

En este momento del relato, no obstante, queremos levantar la voz para decir que todo lo descrito hasta acá, SUELE tomarse como si fuese el único proceso que de forma natural,  normal y segura deba ocurrir ante el diagnóstico de una enfermedad o condición. Hasta aquí entonces, el momento del diagnóstico pareciera tratarse del hecho de recibir una mala noticia… Ahora bien, que ocurra en efecto todo lo anteriormente relatado, y que la aparición de una condición particular o enfermedad en la vida de una persona o en la de un ser querido para ella, se viva de esa forma, dependerá de la presencia de diversos factores muy significativos para la persona y su contexto. Algunos de esos factores pueden ser potencialmente manejables o controlables por la persona, a consciencia y ejerciendo la voluntad, y otros no. Es solamente por la presencia de numerosas condiciones y circunstancias en la vida de las personas, que el momento en que se recibe el diagnóstico de una enfermedad, pueda considerarse como «irremediablemente fatídico». Entre múltiples factores, vamos a destacar los siguientes:

-las palabras que usó el profesional de la salud («enfermedad incurable»);

-sentencias pronósticas («sólo un 3 % se recupera, el resto no»);

-si la persona cuenta o no con apoyo y sostén de otros (a veces se cuenta con eso y la persona no lo percibe así);

-las circunstancias de vida actual de la persona (desempleo; escasos recursos económicos, y muchas más);

-creencias personales sobre la enfermedad o el hecho de enfermar («es un fracaso»);

-la cultura (en occidente suele experimentarse una enfermedad como una trágica coyuntura);

-anticipación de experiencias futuras dramáticas («seguro voy a morir», «no voy a poder con esto»).

Bajo la influencia de estos factores y circunstancias, y de otros que no se hubiesen mencionado antes, el momento del diagnóstico pudiese entonces generar en la persona una cascada de acontecimientos biopsicoemocionales, cognitivos y espirituales, con implicaciones sociales y ecológicas, que suelen amenazar su bienestar, salud, integridad y capacidad para comprender lo que está sucediendo, y de esta manera  empeorarse un panorama que en principio pareciera no ser alentador.

¿Qué hacer?

Aquí nuestra invitación, anclada en  bases científicas y desde una visión alentadora, optimista y sin duda  tranquilizadora. Y es que resulta una opción mucho más esperanzadora y saludable, tomar esa «mala noticia» que puede significar recibir el diagnóstico de una nueva condición o enfermedad, y transformarla en una ocasión para revisarnos, a nosotros y a la vida que estamos viviendo, en todos sus aspectos, y llamarnos a efectuar los cambios a los que quizá nos está invitando la enfermedad, y con ello darnos cuenta que podemos hacernos y rehacernos en nuestra humanidad, a partir de aparentes dificultades. Tomarla como una valiosa oportunidad para revisar por ejemplo qué entendemos por salud y enfermedad; escudriñar nuestra mirada de cómo funcionamos los seres humanos y cómo llegamos a ser lo que somos; revisar nuestras creencias y pensamientos sobre nosotros, los otros y el mundo; echar un ojo a las expectativas que nos hacemos sobre experiencias futuras; detenernos en cuán satisfechos estamos con nuestro trabajo, el lugar donde vivimos o con nuestra pareja; hurgar en cuáles prácticas  hacemos para fomentar bienestar y desarrollar salud en nuestra vida; darle una mirada a cómo estamos haciendo para manejar las fuentes de estrés y malestar que identificamos en nuestro devenir, por mencionar algunos. Cabe decir que es muy probable que hacer toda esta tarea, requiera de pedir la asistencia o ayuda de cuando menos un profesional, como lo pudiera ser un psicólogo o psicoterapeuta. Siendo el caso,… ¡se vale y es deseable! ¡Bienvenida sea su participación y acompañamiento!

Lejos de verlo como recibir una «mala noticia», el momento del diagnóstico es un momento que pudiésemos entonces comenzar a atesorar como una gran oportunidad que nos está mostrando y regalando la vida, como individuos o como grupo, para abultar nuestro equipaje de aprendizajes y herramientas y construir  resiliencia y bienestar para nosotros y los que nos rodean. Para crecer como persona y/o como familia. Para adquirir recursos personales y fortalecer otros que ya teníamos, que nos vinculen con la enfermedad dándole la mirada de una condición o circunstancia como tantas otras con las que nos ha tocado vivir, y con las cuales sin embargo hemos podido salir adelante, desarrollando nuestra creatividad y capacidad de hacer ajustes convenientes. A ese momento del diagnóstico pudiésemos  tomarlo como una gran ocasión que la vida nos está ofreciendo  para hacer un alto en el camino, y dar una mirada compasiva y reparadora a nuestro interior,  que nos permita descubrir que existe la posibilidad de continuar haciendo, crecidos y fortalecidos, todo lo más que nuestras condiciones nos permitan, como soñar, tener logros, amar, reír, correr, jugar, hablar, cantar; trabajar; estudiar; sentirnos exitosos y dibujarnos un plan de vida a nuestra medida e ir tras su desarrollo. Es seguro que si no podemos con TODAS las anteriores,…¡con algunas de ellas podremos!

El “fatídico” momento del diagnóstico bien podría convertirse para todos en el inicio de un transformador camino de sanación, que aun en presencia de la enfermedad, nos conduzca a pensar que la vida bien vale ser vivida en cualquiera de sus circunstancias, por más adversas que estas nos resulten, pues detrás de ellas suelen esconderse lo que podemos terminar viendo y agradeciendo como grandes bendiciones.

La nueva condición o enfermedad, insistimos, puede traer aprendizajes y herramientas para construir resiliencia y bienestar tanto para nosotros como para los que nos rodean, y fortalecer los recursos que protegen la salud. Para crecer como persona y/ o como familia.-

(*) Nasi, Laura (2017): El cáncer como camino de sanación. Claves para restablecer el equilibrio perdido. Paidós, Buenos Aires.

Psic. Tibaire García Pérez

 

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